Las retenciones son aranceles de aduana (¿o impuestos, en cuyo caso debiera imponerles el Congreso, a iniciativa de Diputados?), se cobran a la exportación, sobre el precio FOB, que incluye no solamente el costo del producto, sino una proporción importante de impuestos, comisiones, fletes, etc. Los exportadores lo trasmiten hacia atrás en la cadena, por lo cual lo acaban pagando todos los productores, aunque su producto se destine al mercado interno.
Cuando Lousteau quiso aumentarlas por encima del 35% en que estaban, se produjo una rebelión masiva del campo, que fue el principio del fin para Cristina, porque perdió, por un voto en el Senado empatado. Aún al 35%, pulverizaron la producción de maíz y sobre todo de trigo: 8 mil millones de toneladas, contra casi 20 que se cosecharon en cuanto se eliminaron las retenciones.
Eso fue ANTES de la reimplantación de las retenciones del 10%, que ahora son puramente recaudatorias, porque gravan también las exportaciones de productos con valor agregado, gran barbaridad. La situación es tan brutal que funcionó la Curva de Laffer (que, salvo en situaciones extremas, no funciona) y la recaudación AUMENTÓ, vía otros impuestos, cuando sacaron las retenciones.
La crisis del 2018 empezó con una gran sequía entre dos inundaciones, que redujo exportaciones por unos 14.000 millones de dólares, aunque su efecto se amplió al triple por las variables alineadas en contra: suba de la energía (que todavía importamos) y de la tasa de interés de la considerable deuda tomada para financiar el déficit, los subsidios generalizados y, en parte, la pujante obra pública, un mal menor a falta de inversiones privadas. Luego, FMI mediante, se redujo la obra pública (único destino rentable de la deuda) y se empezó a liquidar un gran fondo de acciones que respalda las jubilaciones, a los precios bajísimos del momento.
La crisis de la mala cosecha la podría solucionar una buena, o dos. Los efectos de no haber aceptado una baja del gasto, ni una devaluación, ya no tienen horizonte temporal de recuperación: el manejo de la crisis fue pésimo, se rifaron las reservas, se aumentó sideralmente la deuda y se redujo la obra pública. El gas y el petróleo de Vaca Muerta, que permitió exportar energía directamente y en productos varios, el litio de los salares puneños (con algo de valor agregado en forma de baterías) y un par de excelentes cosechas (con bastante valor agregado: se exportan biocombustibles, aceites y harinas, además de granos, que a veces incluso se importan para hacer el excelente negocio de procesar y revender) pudieron permitir una cierta recuperación para 2019, que se dio al revés. Después vino la debacle electoral, la cuarentena eterna y el rebote de 2021, coronado con el auspicioso resultado electoral. El crecimiento seguirá esperando...