EN TORNO A LA SOLUCIÓN
La gente pelea porque tiene ganas de pelear, de dominar a otros y sobre todo porque cree que puede ganar. Para solucionar problemas, en cambio, hay que conversar, imaginar, incluso hasta soñar.
Desde un punto de vista técnico, el derecho de Ucrania a su integridad territorial es indiscutible. Ni China por Taiwan, ni la Argentina por las Malvinas, ni nadie en general puede aceptar el derecho de secesión de territorios ucranianos por más habitantes de identidad rusa que allí haya. Para el caso, un millón y medio de ucranianos viven en Polonia y es obvio que la comunidad internacional no aceptaría que Ucrania invada Polonia para ahorrarles la molestia de hablar polaco.
Hay muchos países donde conviven sin mayores problemas identidades muy diferentes. En Bélgica los flamencos se las arreglan con los valones de habla y cultura francesa. En Suiza, alemanes, italianos, franceses y hasta romanches disfrutan juntos de una paz y una prosperidad envidiables. Por último, Canadá es bilingüe y en la América toda medran comunidades de origen indígena, africano, chino, coreano, japonés, judío, árabe, turco, hispano, germano, anglosajón y demás, que conviven recibiendo y a veces imponiendo el debido respeto a sus respectivas culturas, bastante dispares por cierto.
Para cualquier observador desapasionado, resulta evidente que Rusia tiene la obligación de respetar la independencia política y la integridad territorial de Ucrania. También es obvio que Ucrania debe a su vez respetar estrictamente el derecho a la identidad y a la expresión cultural de todos sus habitantes, sean éstos miembros de mayorías o de minorías en las distintas zonas del territorio, sin mengua de su legítima soberanía.
La receta, pues, sería el respeto por el otro. Los condimentos son a gusto del consumidor.
Todo lo demás es autoritarismo, intolerancia y ambición brutal en busca de pretextos que nunca faltan, pero nada justifican.
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