Un amigo, de gran integridad, me cuenta que tuvo que llamar personalmente por teléfono a otro, de innegable inteligencia, para hacer que lo escuchara, con el objeto de convencerlo de ir a un centro médico para que lo trataran cuando tenía Covid.
Antes le había llenado el WhatsApp con explicaciones y teorías más o menos infundadas de tono libertario.
Es un apóstol de su fe en la libertad y en el mercado. Las creencias se respetan, no se discuten. Siempre me resultó difícil creer ciegamente en algo. Si pudiera hacerlo, me volcaría a mi bella religión, más bien que a ideologías pasatistas.
Finalmente convencido, el contagiado se hizo atender y cada vez que ve al amigo, le dice "gracias, me salvaste la vida". El sabio mentor le responde, con cruel clarividencia "te la extendí un poco, porque igual te vas a morir".
En fin, el sentido común es el menos común de los sentidos y lo primero que pierde el fanático. Cuesta creer que alguien tan brillante se quiera inmolar personalmente a la ciega selección natural, especialmente alguien tan consciente del valor infinito del individuo humano que Kant reveló definitivamente.
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