Ver la inspiración en el "Aleteo de la Mariposa" del muro de Alejandra Musi:
https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=4081117981931552&id=100001001721684
El primer aleteo que recuerdo ocurrió el 535: la erupción del volcán Krakatoa en Sumatra lanzó material a la atmósfera que oscureció el sol y enfrió dos o tres veranos egipcios.
Las ratas del clima húmedo y fresco de las fuentes del Nilo pudieron entonces llegar al puerto mediterráneo de Pelusium, luego a Alejandría y de allí, en barcos cargados de trigo, a Constantinopla. Llevaban sus correspondientes pulgas con la bacteria de la peste bubónica.
Era una bacteria modesta y tranquila como tantas. En principio se contentaba con aprovechar una picadura oportuna para ir de las ratas que infectaba y mataba a las pulgas, inmunes y ágiles, pero poco nutritivas, donde se encapsulaba para consumir menos. Aún así, a las pequeñas pulgas les costaba más que a las ratas mantener a la voraz bacteria parasitaria. Encapsulada y todo, la bacteria consumía casi toda la sangre que laboriosamente bombeaba la pulga... y encima se quedaba con hambre. Eso no era negocio para nadie, así que la pulga saltaba y saltaba, picaba y picaba, hasta que la bacteria, también hambrienta, lograba remontar la corriente de sangre y pasar por fin a una de las muchas ratas nuevas, donde se replicaba a gusto y paladar, que es una forma de decir.
Por milenios, las bacterias controlaron eficazmente los proverbiales excesos reproductivos de las ratas. Las garras y los dientes de las ratas se encargaban de las pulgas sobrantes. Todo quedaba entre ellas tres, trigo más, trigo menos. Durante el largo viaje, parece que una gran proporción de ratas murieron, otras se inmunizaron gracias a la dieta óptima e infinita de trigo y muy pocas se reprodujeron en la incomodidad de las sentinas inundadas y del bamboleo general.
Las pulgas desesperadas por la escasez de ratas a bordo buscaron otro mamífero peludo de sangre caliente. Algunas saltaron a los tobillos de los marineros... y se fueron para arriba, tanto en sentido literal como figurado. Las pulgas y las bacterias colonizadoras se dieron tal banquete que algunos barcos quedaron a la deriva en alta mar porque TODA la tripulación murió. Los marinos que llegaron a puerto después del viaje infernal, afiebrados, alucinando o adormecidos, enseguida quisieron olvidar las penas haciéndose mimar en sus habituales prostíbulos o con sus parejas, todas más o menos desafectas al baño, costumbre pagana que como buenas cristianas desaprobaban. Las pulgas aventureras no podían creer en su buena suerte, aunque la nostalgia llevó a las más sentimentales de vuelta para las ratas, sin despreciar tampoco a perros, gatos y varios etcéteras. La bacteria, como colada que era, disfrutaba de la fiesta a más y mejor, hasta que la copó del todo.
La peste avanzó con los ejércitos de ciudad en ciudad, exterminó de entrada a un tercio de la población en dos años, y rebrotó cada 15 o 20 años, haciendo presa de la nueva generación que no había adquirido inmunidad en la peste anterior. Los estragos entre militares y marinos dieron al traste con la exitosa reconquista de África, Italia y España mediante la cual Justiniano acababa de reconstituir el Imperio Romano. Occidente quedó definitivamente papal y bárbaro, y Oriente reducido y decadente, ensimismado tras las inexpugnables murallas de Teodosio, que le permitieron perderse en las interminables discusiones bizantinas. El Cuerno de Oro le seguía dando a Constantinopla el mejor puerto del mundo y su ubicación hacía de su mercado el eslabón clave del comercio de la seda china y de las especias de la India. En origen valían más o menos lo que hoy y en la rústica Europa más que su peso en oro.
En cambio, el clima seco y caluroso del desierto no fue propicio a las ratas ni por ende a la bacteria. Las tribus árabes locales hasta entonces dispersas y sometidas a las legiones norafricanas o contenidas por ellas, las rebasaron fácilmente por no haber padecido la peste. Irrumpieron con éxito en España, en el Imperio Bizantino y en el Sasánida, hasta la India.
En la otra punta, los feroces jinetes nómades que aparecían a los flechazos desde las estepas del noreste cada tanto, para ser derrotados o absorbidos casi mecánicamente por persas y romanos, tampoco padecieron la peste. Parece que las ratas no les aguantaban el galope, y la bacteria habrá despreciado a las pocas pulgas muertas de frío que podían ofrecer. Eran los turcos, que cuando se hicieron correligionarios y señores de los árabes, arrasaron con todo, hasta con Constantinopla. Sus murallas fueron vencidas por la traición que abrió una puerta y no por el cañón más grande del mundo, que los turcos trajeron con docenas de bueyes, ensanchando puentes y caminos a su paso. Traían pocas pulgas, por cierto.
La Europa occidental esta vez no estaba tan apestada y un rejuvenecido Sacro Imperio Romano Germánico paró a los turcos en Lepanto, Malta y Viena. Quedó sin embargo tan aislado y arrinconado por la toma de Constantinopla que largó los remos, izó las velas y se fue por los mares de Dios a buscar las especias y las sedas por el otro lado. No solamente las encontró, sino que de paso colonizó el Africa subsahariana, tropezó con la ubérrima América y con el tiempo se quedó con todo, incluso con Sumatra y los restos del Krakatoa... que volvió a reventar bonitamente en 1883, seguramente para festejar.
Si el Krakatoa se hubiera quedado quieto en el 535, todos desde Portugal hasta Armenia y desde Sudán hasta Inglaterra, estaríamos cantando en procesión, disputando en griego con los monofisitas sobre la naturaleza de Cristo y peleando, sobornando y discriminando racialmente a los "arios" de Arián, o sea Irán...
QUOD ERAT DEMOSTRANDUM.
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