Estos personajes tan maníacos, que nunca aterrizan y siempre redoblan la apuesta, se acaban haciendo insoportables para los propios, a quienes arrastran al abismo. Al Emperador agotado lo matan sus guardias, cuando está demasiado desquiciado como para abdicar o es demasiado cobarde como para suicidarse.
Nadie mata cuando va ganando a un adversario que va perdiendo... sería matar su propia victoria. Ningún contrario ataca a una pobre loca cuya estrella se precipita cada vez más veloz hacia el ocaso. Los salones de Juncal no serán la mansión de Sunset Boulevard, pero la reminiscencia es inevitable.
Mata quien teme por SU propio pellejo: los muchachos pueden acompañar hasta el pie del cadalso, pero nunca aceptan que los fuercen a subir los escalones. A Esha le puede seducir una estrategia de victimización, una visión de caída espectacular, sin importar a cuántos ni a quiénes arrastre en su delirio de autoinmolación: "¡No me importa ir presa!", gritó, para luego vaticinar con la ambigüedad de la pitonisa "¡Caerán ustedes también!".
Convocó a que la rodearan para atacar lanza en ristre a los viles gigantes: reemplazar a la Corte Suprema, no dejar títere con cabeza en Comodoro Py, quitarle la autonomía (y la Caja) a la Ciudad, reventar al Fondo Monetario. Todo con los cuatro desharrapados más o menos pagos que agreden, rompen, pintarrajean y vociferan al pie de la Torre en Guardia, día y noche, para defender su derecho a la miseria, al guiso y la polenta... que no sólo comen, sino que digieren hasta las últimas consecuencias a vista y paciencia de todo el mundo. Eso creímos.
Bueno, hay otras interpretaciones. A alguno del séquito parece que sí le importa ir preso y perder el fruto de sus siderales latrocinios. Es verdad que van por ellos, piensan, y maldita la gracia que les causa. Ven con claridad que los gigantes perversos son en realidad molinos movidos por el viento poderoso y firme de la Historia. Saben perfectamente que los molinos por arriba podrán revolear locos, pero por debajo trituran siempre cuanto cae bajo sus muelas. En vez de rodearla en galopante pelotón, bien pueden haber decidido frenarla de golpe, porque están uncidos a Esha por lazos tan fuertes que abandonarla no es una opción.
Esha intenta defenderse amenazando a los demás corruptos: les avisa que si la condenan, ellos la seguirán. Los cómplices de Cristina se dan cuenta de que tiene razón, que quién sabe dónde termina la cosa y pueden creer llegada la hora de frenar el tema como sea. A los ciudadanos, en cambio, nos interesa que se vaya a fondo, primero porque se es un tema de Justicia y segundo para que sea un NUNCA MÁS de la corrupción. Que haya otros corruptos, lejos de ser un motivo para no condenarla a Esha, es motivo para condenarla con todo rigor primero y después seguir con TODOS los demás.
No habrían intentado matarla para ganarle, simplemente porque no hace falta, ya que solita va perdiendo. La estrategia de victimización es delirante. Nunca se absuelve a un ladrón porque sus víctimas lo ataquen. Se lo protege de los ataques, pero se lo condena igual. Por ello, la escenificación del autoatentado no cierra del todo. Sin embargo, es la visión que más hondo ha calado en la población.
El miedo de los cómplices, en cambio, ha de ser muy real. Bien pueden haber intentado matarla porque están desesperados, porque el tiempo se les acabó y porque alguien haya creído que era la única manera de no caer con Esha.
Occam diría que quizás no sea sino lo obvio: un loco que quiso protagonizar un magnicidio o simplemente llamar la atención. Con cien efectivos federales de custodia, y la Ciudad controlando las calles de su indiscutible jurisdicción sin ahorrar recursos, el éxito era técnicamente imposible, pero lo logró. Realismo mágico latinoamericano.
Su imprevisto disparate cayó en un ambiente tan enrarecido que todos nos hemos puesto a urdir distintas hipótesis... Es un síntoma grave que, sin esperar los resultados de la investigación, algunos descrean del atentado, mientras el gobierno lo interprete como resultado de las fundadas críticas que le llueven desde los medios y las redes, del accionar de la oposición y de los trámites judiciales. La imaginación al poder.
El coro culpógeno de la militancia sería inocuo si no encubriera un vehemente deseo de amordazarnos a todos. Es evidente que quieren aprovechar el atentado para atentar a su vez contra la libertad de expresión, la militancia opositora y la independencia judicial. La conclusión arbitraria es que defender a la acusada contra sus jueces naturales en un debido proceso es "defender la democracia". El "magnicidio" tendrá algún ribete de misterio, pero las bajezas del kirchnerismo son siempre transparentes.
En el habitual tono grotesco de la política criolla, la tragedia culminó en farsa. Es bueno que el atentado haya fracasado. Será mejor todavía que, con equilibrio y racionalidad, puedan seguir hasta su próximo final todas la causas por corrupción. Solo así se purgará para siempre la República.
¡QUE NADA NOS DISTRAIGA!
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