Antes de la Revolución Francesa, toda Europa se regía por la costumbre y la jurisprudencia, como hoy se lo sigue haciendo, más o menos, en el mundo anglosajón. Es un derecho que valora la estabilidad y la tradición, amoldándose, para bien o para mal, a la idiosincrasia de cada pueblo, incluso a sus prejuicios, por ejemplo los raciales (cómo se ve en infinidad de películas, por ejemplo "Matar un ruiseñor", "Pasaje a la India", "Amor entre las ruinas", etc.).
El racionalismo enciclopedista del siglo XVIII desembocó en el liberalismo político que a su vez cuajó en el constitucionalismo y la codificación del siglo XIX. El derecho se pasó a fundar en la ley escrita, racional y sistemática que pretende resolver en general y en abstracto los conflictos en función de sus dogmas de Libertad, Igualdad y Fraternidad... rápidamente suplantada por la Propiedad.
El Código Napoleón fue todavía un derecho revolucionario, que como tal no pudo sino excluir a la costumbre y subordinar a los jueces, porque ambos eran influencias contrarrevolucionarias. Esa corriente racional y sistemática, humanista y redentora, pero paradójicamente impuesta a sangre y fuego, se transformó a su vez en costumbre y tradición con el paso de los años.
Hoy se pueden ver muy limadas las contradicciones. El derecho "continental" (europeo) ya es costumbre entre los pueblos que rige y entre los jueces que lo aplican. El derecho anglosajón moderno está muy reglamentado, uniformado y codificado. Subsisten diferencias de lenguaje y de actitud, pero la convergencia es evidente.
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