Rara vez son los enemigos quienes derrotan a los poderosos. Por lo general, las estructuras de dominación de las cuales se creyó poder abusar indefinidamente, simplemente implosionan, colapsan o bien se extinguen poco a poco, sin pena ni gloria, por falta de combustible.
El agotamiento se manifiesta en un proyecto que ya se evaporó y en el intento de hacer del pasado un mito, todavía imposible por lo cercano.
Todos los delincuentes sostienen ser víctimas de la justicia. Todos los fracasados señalan culpables a quienes intentan endosar su fracaso. Todos los mentirosos terminan por creerse sus propias mentiras; a veces son los únicos en hacerlo y casi siempre, los últimos. Es grave olvidar que la persona más fácil de engañar es uno mismo...
Los mecanismos de autoengaño no suelen ser modestos, ni estar ocultos. De Versalles para abajo dilapidar recursos para tratar de aislarse de la realidad para poder seguir creyendo en el propio poder ha sido siempre la táctica más eficaz de la autodestrucción.
Grandes mentiras requieren grandes escenarios. El de la Plaza de Cristina fue lo más grandioso jamás visto por allí. Eso sí, para seguir vendiendo los disparates del relato, ya tan mellado, es dudoso que alcance. La multitud arreada, de mirada vacante, que hoy aplaude pero no entiende quizás mañana cobre pero no vote.
El discurso tuvo más de historia que de arenga, más de excusa que de convocatoria, más de diagnóstico que de tratamiento, más de análisis que de solución. Fue una revista distorsiva de un pasado casi imaginario, sin un plan de futuro, ni menos un proyecto de acción. Por apoteósica que intente parecer, una despedida es siempre triste porque es el primer paso hacia ocaso...
Por eso en tu total fracaso de vivir / Ni el tiro del final te va a salir…
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