"Con palabras se gobierna a los hombres", dijo Disraeli. Además, muy bien medidas ellas ¡y el orador! Una evolución ya indispensable.
Con mayoría cualquiera se maneja, éste tiene que construir poder. Ya demostró habilidad cuando logró armar la mayoría y aprobar en general la ley, en la cara de los K, que son la primera minoría en Diputados. Claro, los aliados se sintieron árbitros y se pusieron demandantes. ¡Paf! Les sacó de golpe el piso de debajo de los pies. Todo quedó girando en el vacío, incluso él.
Enseguida activó el arma estratégica Y LA USÓ: no amenazó, no la exhibió. Eligió un adversario (el gran lujo de la estrategia), le encajó un buen garrotazo en la nuca, y se mostró muy creíblemente dispuesto a seguir "ad infinitum" con él y con diez más. Hasta allí, pulseada normal. Fuerza contra fuerza.
Donde la pulseada se transformó en judo fue cuando a la primera oportunidad, otra vez sorprendió yéndose al mazo. El avance es coraje, la retirada es ciencia. La escaramuza preliminar quedó empatada, medio perdida, como la retirada de las alturas de Pratzen.
Llegó con un frente estacionario al segundo enfrentamiento, que pintaba bravísimo. En una primera maniobra tan difícil como sorpresiva logró ocupar palcos y galerías con los propios (Telnitz y Sokolnitz). El discurso empezó con lo previsible y terminó con una estocada a fondo (la carga de Soult por la retaguardia), como en el discurso de Marco Antonio.
Se tira con la caña, pero se afloja con la cabeza. Otra vez se mostró fuerte primero, exponiendo con realismo su flanco débil y planteando con calma su plausible plan B. Al final, aflojó de golpe en plena cinchada y todos volvieron a caerse de espaldas. La demostración de fuerza en el sur, seguida de una remesa inesperada, le da credibilidad cuando ofrece, como al pasar "alivio fiscal", una nueva carnada irresistible para las provincias menores, que necesitan, y revisar la coparticipación, otra carnada aún más irresistible para las provincias mayores, que proveen. Al minuto, varios gobernadores amigos y no tanto hicieron punta, aceptando con entusiasmo. El hueso duro de roer es ruso, como en Austerlitz. Lo tiene contra las cuerdas: si Kicillof va a Córdoba, cede, vaciando políticamente el último bastión K, la Provincia de Buenos Aires que tan malamente comanda; si boicotea la renegociación de la coparticipación, deja a su provincia en la picota de mayor contribuyente y perjudicada para siempre. Los cañones todavía humeantes ¿podrán quebrar el hielo y congelar al ruso?
Más no se pudo ganar en una batalla. Ahora viene Córdoba (Presburgo). O se los encolumna a todos juntos, o se lidiará con ellos uno por uno. La cuestión que subsiste no es más que la velocidad del avance. Parece haber aprendido a tirar fuerte y a aflojar justo a tiempo, y el tiempo es el factor más decisivo en la estrategia. Parece un experto en pescar trucha con mosca.
El héroe de propios y extraños merece saborear las mieles de la victoria a la mañana siguiente, pero más vale que lo haga rápido. Su problema son los de enfrente, cuya resistencia puede tener todavía algún aguante. Hay que machacar en caliente, no perder el envión y no cortar la atropellada. Motosierra en la administración, licuadora en lo financiero y aplanadora en lo político.
El apoyo de los seguidores da fuerza, confianza y aliento. El peligro es creerles. Hay que festejar con el dedo del gatillo, sin sacarle los ojos de encima al adversario.
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