lunes, 22 de abril de 2024

LA ESTAFA PREVISIONAL

 Estamos ante un fin de ciclo escalofriante, pero quizás cierto. Por ejemplo, las jubilaciones son un gran negocio los primeros veinte años, cuando todos aportan y nadie cobra. Después viene el descalabro.

El sistema de reparto da déficit porque la vida se prolonga cada vez más a un enorme costo exponencial, siempre creciente, mientras la natalidad baja. Los jóvenes son menos, ganan poco y aportan una porción cada vez menor de sus magros ingresos. Dicho déficit no se puede financiar: si lo cubre el Estado, no hay presión fiscal tolerable que alcance y se cae en deuda o inflación, insostenibles a largo plazo, por definición.

En los sistemas de capitalización, los fondos de jubilaciones privados son grandes inversores institucionales bastante ineficientes: proveen enormes cantidades de capital barato a casi todas las empresas, la mayoría mediocres, con más perspectivas de decadencia que de gran éxito a largo plazo. Como deben ser prudentes, financian más bien a las empresas hoy exitosas y mañana decadentes que a los raros pero enormes batacazos futuros. Es como apostar parejo a casi todos los números de la ruleta. Se gana seguido pero poco y se pierde rara vez pero muchísimo, a veces todo. Es un hecho observable que los jubilados estadounidenses son quienes más sufren las crisis bursátiles, cada vez más recurrentes y profundas.

 Cuando los jubilados andan viajando y gastando por todas partes es porque los favorece el cambio; en sus propios países, los jubilados rara vez viven bien. La excepción fueron los relativamente pocos sobrevivientes del bando ganador en la última guerra, a la vez padres y abuelos inusualmente prolíficos de un boom poblacional.

 Quizás todos debamos trabajar hasta el último suspiro, como ocurrió siempre. Fue Bismarck quien vio el negoción de organizar un sistema que le rindiera aportes actuales y cuantiosos a cambio de la promesa de una jubilación futura, lejana y miserable.

Hoy, los costos tecnológicos de la salud crecen exponencialmente. La educación se deteriora, pulverizando la productividad promedio de las nuevas generaciones. Una mezcla explosiva que potencia el desastre, salvo que la hiperproductividad tecnológica de unos pocos jóvenes no muy solidarios de alguna manera vaya a alcanzar para compensar tanto desequilibrio...

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