Son víctimas de por lo menos dos generaciones de dictadores, populistas y demagogos. No son culpables, pero infectan la política de un país que podría estar para más.
No creo que se pueda redimir a cerebros tan anulados primero por las pelotas de fútbol regaladas, lavados por los planes después, y ahora quemados por la droga. Es difícil que puedan escapar a su destino: el hospital, la cárcel o el cementerio.
Sin embargo, son compatriotas y algo debemos intentar. Lo urgente es imponer la ley y el orden a ultranza hasta en el último recoveco del territorio. Lo permanente será llevar una oferta masiva de nutrición y salud para las madres y para la primera infancia, poner allí las mejores escuelas, que eduquen chicos y adultos en el arte, el deporte y la ciencia, con becas irresistibles.
Un estado saneado mentalmente y próspero económicamente puede hacer todo eso y mucho más. Todo cuanto les haga falta a esos compatriotas degradados a conciencia por sus gobernantes es deuda y responsabilidad de quienes, con más suerte, nos salvamos.
El conurbano no puede seguir llamando "tierra de nadie", "zona liberada" ni todas esas denominaciones pintorescas de lo que en realidad es un estado fallido. No habría que descartar una intervención de la Provincia de Buenos Aires. En los términos de la Constitución Nacional las condiciones de la autonomía provincial son la forma republicana de gobierno, la administración de justicia, la educación primaria, etc.
Las autoridades locales del conurbano profundo no solamente no las han garantizado, sino que las han destruído sistemáticamente.
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