Laburo hay a rolete, y si no hay se inventa. No se levantan cosechas por falta de brazos y necesidades insatisfechas hay por todas partes.
En el conurbano, sin embargo, pasa algo raro: el clientelismo tira unos centavos por mes, un lote ajeno, electricidad robada y hasta un paseíto al centro para una manifestación de vez en cuando. PARECE mejor negocio.
Es, en cambio, la peor trampa: el pobre profesional nunca dejará de serlo y transmitirá su "cultura" a su numerosa prole. El valor de la plata que reciben sin aprovecharla para capacitarse, ni para producir algo, sino para "vivir" sin trabajar se les pulveriza en la mano: la emisión sin producción es un suicidio monetario en cámara lenta. En lo inmediato, además, la mitad le vuelve al Estado por efecto de los feroces impuestos indirectos al consumo.
El envilecimiento del peso hunde en la miseria a asalariados, jubilados, rentistas y planeros por igual. En cambio, enriquece fabulosamente a quienes escapan a la ficción monetaria porque no operan con pesos, sino con bienes o servicios que tienen demanda genuina... o con dólares que son el mal menor, porque el negocio de mera tenencia también es aparente. Producir zanahorias o vender hilo de coser da más bienestar a la larga que cobrar miles en papel pintado, fatalmente insuficientes. Los 10.000 del IFE compran cada vez menos y la paradoja es que menos comprarán cuanto más aumenten, al socaire de la emisión.
La producción genera el bienestar, no la emisión. Se empieza por la capacitación (primera y principal forma de inversión) y por el trabajo productivo, por cuenta propia o ajena.
La emisión puede fomentar el consumo, SIEMPRE QUE ÉSTE INDUZCA A PRODUCIR MÁS. En la Argentina, sin embargo, pasa otra cosa rara: el combate al capital, y al trabajo productivo también, ha tenido tanto éxito que todos quieren consumir, pero nadie produce. Se han corrompido las mentes de los votantes y de muchos votados también.
En dicho contexto, la emisión es tóxica, porque no hay qué comprar. Drogar a un atleta no es sano, pero puede mejorar el resultado en el corto plazo; drogar a un desnutrido es simplemente matarlo más rápido.
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