Lo deportivo jamás se debe mezclar con lo político, lo económico o lo jurídico.
Si lo hace, pierde su enorme valor social, que consiste precisamente en que el que gana, gana porque es el mejor en eso, no por el color de su piel, ni las ideas que tiene, ni el tamaño de su billetera. En la cancha no existe más que una valía totalmente personal, según los especiales parámetros y reglas de cada deporte.
Ello nos permite recuperarnos unos a otros como personas, con todas nuestras potencias y con todas nuestras limitaciones. No ganamos ni perdemos PORQUE seamos mejores o peores personas, sino porque ese día jugamos mejor o peor que el adversario. Poder despojarnos de todos los demás roles sociales por un rato es justamente lo buscado. Un Espartano asesino y preso le puede ganar a un santo millonario... ¡o a un Presidente de la República! Ver en el adversario a alguien ni más ni menos humano que uno es justamente lo terapéutico, tanto para los jugadores como para los espectadores y para la sociedad toda, porque el deporte siempre es noticia.
Medirse poniendo en juego la plenitud de sus fuerzas físicas, mentales y espirituales en una competencia pública y reglada es la cúspide de la civilización, porque permite una saludable catarsis de la violencia y de la agresión característica de los predadores que somos. El contexto de camaradería generado entre los contrincantes es una semilla de la paz, tanto en la aldea y como en el mundo entero.
En cuanto a los episodios repudiables que se dan dentro y fuera de las canchas, una sanción, un desagravio y a sanar las heridas con un apretón de manos. Ya las críticas generalizadas (contra cero defensas) son un principio de sanción y desagravio.
En efecto, no hay peor condena que la condena social y no hay mayor desagravio que el apoyo del conjunto. Éstos pesan tanto o más que las condenas y las penas institucionales mediante las cuales se interpretan e imponen los valores de la sociedad. Es gravísimo cuando unas y otros no están alineados...
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