Nuestra deuda pública es toda deuda vieja heredada de la vieja, a quien algo se le hará devolver, según parece. Ahora ya no hay déficit que financiar y la inversión, y por ende su financiación, será privada o no será. El total debido respecto del PBI no es muy alto, pero los vencimientos resultan incómodos por lo concentrados, sobre todo en plena transición hacia una matriz de producción más eficiente y competitiva. Es sensato entonces aliviar el dolor del ajuste estirando los plazos de nuestra deuda pública con una vuelta al mercado voluntario de capitales. Es más caro pero más flexible y muchísimo más voluminoso, lo cual es muy interesante para las empresas locales, sedientas del crédito que necesitan para crecer, de manera que puedan absorber, para bien de todos, las funciones y el personal de un estado con vocación de achicarse.
El problema es que el riesgo país sigue más alto de lo que técnicamente debiera estar, vistos los auspiciosos fundamentos: equilibrio fiscal casi único en el mundo, en vísperas de un auge exportador de energía, minerales críticos, alimentos y conocimiento, éxito electoral del gobierno, reformas inminentes, etc. La mala fama, el riesgo político a largo plazo y la costumbre del mercado de ganar mucho a costa de la Argentina hoy nos cuestan caro. En nuestro caso el mercado parece haber recuperado la memoria que rara vez exhibe y la Argentina sigue teniendo muy mala calificación. Otros países en peor situación pagan la mitad, o menos. Nosotros tenemos que mostrar la plata para que nos la presten... un absurdo.
En efecto, la recomendación es "acumular reservas" para bajar el riesgo país y entonces poder tomar más deuda a tasas menores. Atesorar el poco excedente que se pueda lograr, en vez de usarlo sanamente para bajar impuestos, como se prometió, parece mal negocio. El dinero es como un espejo, que sólo vale en cuanto refleja la actividad, la producción, la riqueza de quien lo emite o lo tiene: encerrado en una bóveda, nada refleja. Más allá de lo indispensable para afrontar desembolsos corrientes en lo inmediato, el dinero atesorado es dinero muerto, porque sólo genera bienestar cuando circula.
Además, como la deuda paga intereses más altos de lo que las reservas rinden, parece más negocio destinar el excedente a pagar los vencimientos que a "acumular reservas", mientras que al mismo tiempo refinanciamos dichos vencimientos. Tampoco es aconsejable refinanciar la deuda a largo plazo atándonos a la actual tasa alta, aunque después siempre se la podrá canjear por otra deuda a tasa más baja... cuando se logre bajar el obstinado riesgo país
En fin, la realidad es que parece imposible crecer sin crédito, por lo menos a la velocidad necesaria para paliar el descontento. Las famosas reservas serán una especie de ceremonia, de rito, de ensalmo, de gualicho para ver si bajamos el riesgo país, tanto para el estado nacional como para los estados provinciales y municipales que ya gastaron a cuenta, como para las empresas privadas, a las cuales les toca invertir para que algún día esa cuenta cierre.
Por el momento, festejamos poder ir refinanciando los vencimientos a tasas más bajas y a plazos más largos. Si se logra descomprimir el corto plazo, se podrá buscar el crecimiento bajando impuestos para reanimar la inversión privada, tanto nacional como extranjera. Solo ella podrá aumentar la productividad y con ella el salario, sin desmedro de la competitividad, premisa a su vez del crecimiento sostenible y del bienestar general. Si el peaje para acceder a dicho círculo virtuoso es "acumular reservas", paciencia, acumulemos. Por paradójico que parezca, el combustible también es parte ineludible de la carga.
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