¡ADIÓS!
Cuesta creer que haya partido Leandro. Encarnó la vida misma, dedicada al servicio incondicional de sus altos valores con el mismo denuedo desde su primera juventud hasta sus últimos momentos. Unió una gran capacidad a su proverbial arrojo de gascón y entró en la Eternidad empuñando el hierro de la verdad al servicio de la justicia, con la misma convicción de siempre. Todo lo hizo sin alardes, con gracia y alegría, disfrutando de cada instante. Nunca aflojó, todo desafío le quedaba chico, aún el último y definitivo, al que también negó con esa actitud de superioridad tan natural en él, siempre envuelta en la alegre llaneza del auténtico señor. Por espontánea inclinación espiritual, más que por mandamiento, amó al prójimo más, mucho más que a sí mismo; tomarse en serio le parecía vagamente ridículo. Raro privilegio, el prójimo correspondió, así que vivió rodeado de auténticos afectos y de un respeto literalmente universal. Si alguno lo atacó confundido, se tuvo que retirar avergonzado, sin más castigo que el olvido. Agradecía sinceramente los homenajes, que sin embargo lo dejaban levemente perplejo. Queda un vacío insondable en un mundo que tanto bregó por mejorar.
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