Todo, lo bueno y lo malo, se hace a lo bestia siempre en la Argentina, con costos sideralmente más altos que los necesarios.
El orden y el control en las calles es a las patadas. Mejor que los cortes crónicos sigue siendo, pero el costo de la torpeza es que el mundo (y muchos votantes) vean al gobierno como golpeador de jubilados, hambreador de discapacitados y enemigo de la pediatría y de la educación universitaria.
El cambio de una industria sustitutiva de importaciones a una industria de valor agregado en origen competitiva globalmente es indispensable. Sin embargo, resulta excesivo e innecesario que a los trabajadores les tenga que costar hambre y exclusión, sin formación ni empatía hacia ellos ni siquiera por parte de los sindicatos, que prefieren llevarlos a conflictos tan estériles como miopes.
La depuración de la administración pública es sin auditoría, cortando duro y parejo por lo sano, y mucho sano también. Un gobierno incapaz de gestionar un proceso más civilizado no puede pretender que lo voten, ni las víctimas ni los ciudadanos de bien tampoco.
En fin, es un durazno que salió más bien chico y con una pelusa más bien tupida. Igual nos la bancamos, porque es ese durazno o comer... vidrio, digamos.
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