¿CÓMO ECHAR A ANDAR?
La Argentina está hoy maniatada por mil regulaciones, distorsiones y desincentivos. Se puede esperar que al liberarla de golpe, movilice una parte suficiente de su enorme potencial como para que pueda compensar en algo el inevitable costo del primer cimbronazo. Si además se corta una porción importante de la corrupción y del despilfarro de "la política", si se audita con un presupuesto base cero el costo y el beneficio de cada repartición, algún alivio financiero más o menos inmediato habrá en las arcas públicas, hasta que llegue la mayor recaudación generada por el auge productivo. De todos modos, algún financiamiento adicional sería necesario, a modo de anestesia, amén de una refinanciación realista. Total, si se crece, toda deuda es poca; y si no se crece, toda deuda es impagable.
En el fondo, el factor decisivo no son los préstamos, sino las inversiones. Los empresarios deben ser tan audaces y activos como los gobernantes. La confianza es lo único que puede transformar las medidas gubernamentales de shock en un shock de inversiones que produzcan a su vez un shock productivo y exportador. Las primeras inversiones serán internas. Se llegó a tiempo para la siembra de maíz tardío, que está vez no pudo saltear la seca del verano. Lo que queda se propagará, sin embargo, a su larguísima cadena de valor agregado: leche, cerdos, pollos, novillos, biocombustibles, etc. La soja rellenará los huecos con paso firme alentada por al menos alguna normalización cambiaria. Es también urgente activar la inversiones vinculadas a Vaca Muerta, hoy reducidas a un mero reciclaje de los fondos que allí se generan. El litio lo tiene a Elon Musk revoloteando, las economías regionales y las industrias del conocimiento también contribuirán a fortalecer el ingreso de divisas, se entiende que cotizadas a su verdadero precio. Las licitaciones de empresas y obras públicas, hoy sin fecha, podrían atraer inversiones externas, sobre todo si se pudieran pagar en parte con títulos de la deuda.
El crecimiento es lo único que puede no solamente licuar la deuda, sino también demandar trabajo genuino y productivo, única salida para el escalofriante cuadro de la pobreza y de la indigencia que nos aflige. Para satisfacer la demanda laboral será indispensable encarar una masiva gesta de capacitación encaminada a reciclar las legiones de empleados públicos tan prescindibles como mal remunerados y de titulares de planes sociales que no han sido más que un pasaporte al clientelismo primero y después al hambre que lo desarticuló. No olvidar que todos ellos son las verdaderas víctimas de la corrupción que los ha anulado y pervertido, por lo cual se requieren dosis masivas de benevolencia y sensibilidad social, encuadrada en los límites claros de la ley, aplicada con mesurada firmeza.
No se puede suponer que un gobierno empeñado en hacer de inmediato los enormes cambios que hemos votado lo haga todo bien ya. Nos conformamos con que hagan, bien o mal, algunas de las cosas buenas que preconizan. Corregir el rumbo es lo estratégico, y a ese respecto el mandato ha sido claro. Avanzar derecho y rápido es el ideal, pero como no se pueden controlar todas las variables, algunos desvíos habrá: para irlos corrigiendo está el timonel.
La virtud del momento es la templanza, de modo que las expectativas del primer momento no alimenten una euforia excesiva, ni el contacto con las duras realidades lleve a una depresión paralizante. Cuando el régimen imprimía dinero sin valor y lo regalaba en un intento tan desesperado como vano de ganar las elecciones y evitar la cárcel, lo racional era gastarlo rápido, en cuotas, sin mirar los precios, que subían sin límite. La plata era mucha, no valía nada y la deuda era un regalo. Ahora habrá poca plata, pero por lo mismo valdrá cada vez más, y cada cual tendrá que hacerla valer. Cuando se vaya secando la oferta de dinero, los precios seguirán subiendo sólo hasta donde la demanda lo permita. Lo inteligente ahora es restringir rápida y voluntariamente el consumo de lo caro antes de que se acabe la plata, que va a ir escaseando cada vez más. Como en el 2001, la recesión quizás permita devaluar SIN subas de precios proporcionales. Quizás se pueda reeditar ese caso único en la historia argentina de devaluación real, sin que la inflación la devore antes de que pueda brindar su relativo beneficio en materia de competitividad, artificial pero inmediata. Eso sí, sin llegar a saquear supermercados.
En síntesis, estamos mal y es posible que estemos peor antes de empezar a mejorar. La diferencia es que un proyecto nacional sensato y realizable le puede dar por lo menos un sentido al sacrificio.
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