El Gobierno Nacional está empeñado en no gastar más de lo que recauda, como casi siempre se venía haciendo. Considera con razón que el déficit fiscal está en el origen de la deuda y la inflación, dos de los varios problemas crónicos de una Argentina mágica donde los gobiernos nacionales, provinciales y municipales están muy acostumbrados a gastar más de lo que recaudan. Se vive a cuenta del gran futuro en el cual todos creen, pero que muy pocos se esfuerzan por realizar; cuando inexorablemente llega, lo hace en forma de crisis.
Confiaba el Gobierno Nacional en alcanzar el equilibrio fiscal y varios otros objetivos fundamentales arrancando con una serie de reformas estructurales que planteó en la llamada Ley de Bases, pero de momento no logró que los Diputados la aprobaran. Entonces se concentró en llegar al equilibrio fiscal empleando los muchos otros medios a su alcance. Entre ellos, reducir el gasto cortando subsidios al transporte, a la educación, etc. además de las transferencias discrecionales de dinero a las provincias, que representan tradicionalmente alrededor del diez por ciento de sus presupuestos, bastante poco realistas por cierto. Busca con ello propender al equilibrio fiscal tanto de la Nación como de las Provincias, que deberán financiar sus propios gastos, o reducirlos. Tal es su parte del costo de haber obstaculizado las reformas estructurales, cuyo efecto expansivo quizás hubiera permitido un ajuste más suave. Hasta allí, todo bastante previsible y, sin duda, legal y legítimo.
Lo que no es discrecional es girarles a las provincias la coparticipación que les corresponde y que representar entre el treinta y el ochenta por ciento de sus ingresos, según el caso. Son impuestos provinciales cuya recaudación se delegó en entes nacionales conforme a una Ley Convenio, muy criticable pero que no se puede reformar sino por unanimidad.
Ahora el Gobierno Nacional le está reteniendo a Chubut la mitad de sus fondos por una deuda para cuyo reembolso se cedió "pro solvendo" (o sea en pago) dicha coparticipación. La Nación está, pues, facultada para cobrarse automáticamente, como es el caso de unas diez provincias más. Milei dice que les tiene que cobrar a todas ellas para apuntalar el equilibrio fiscal de la Nación.
Chubut, gobernada por un simpatizante que había adoptado una serie de loables y difíciles medidas de autofinanciación, contesta que está tramitando el pago de la deuda con "cupos de regalías" que le estaría ofreciendo descontar a una tasa más favorable y que además pretende una compensación por ciertas obras públicas nacionales que estaría haciendo Chubut. Al efecto, hizo una presentación ante la Corte para que así lo resuelva en ejercicio de su jurisdicción originaria.
No se sabe qué irá a resolver la Corte, ni mucho menos cuándo. En general, para que haya compensación, ambas deudas deben ser exigibles. En el caso, la Nación podría no aceptar el descuento de las regalías a cobrar y menos compensar su acreencia en efectivo contra cierta obra pública nacional que en principio habría resuelto suspender en aras del equilibrio fiscal. En cambio, Chubut tiene una deuda líquida y exigible con un mecanismo de repago automático pactado.
Lo demás es política. El Gobernador amenaza con cortar suministros, pero no tiene potestad ninguna sobre el petróleo y el gas ubicados en Chubut, que ya pertenecen a empresas privadas. Éstas le pagaron regalías a la Provincia para extraerlos cuando estaban bajo tierra y en tanto que recurso le pertenecían. Una vez extraídos, los productos son propiedad privada de las operadoras.
Lo único que sí puede hacer el Gobernador es alentar a los sindicatos a parar y así intentar desabastecer. Eso es contrario a la ideología del propio Gobernador y a la de la mayoría de los votantes en las últimas elecciones. Una acción directa no cabe, ya que es delito obstaculizar el transporte de sustancias energéticas.
Más éxito parece haber tenido en encolumnar a varios otros gobernadores de muy distintas afinidades políticas. Las declaraciones de apoyo han menudeado, pero ninguno ha ofrecido otra solución que la protesta, muy distante de la ayuda contante y sonante que tantos de ellos mismos necesitarán. Por razones de carácter, intimidar al Presidente con declaraciones es imposible, pero excitar su ira es facilísimo.
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