martes, 20 de agosto de 2019

EFECTO FERNÁNDEZ: DÓLAR, INTERESES Y DEFAULT

A ver, a ver, a ver... El ganador, que siempre tiene razón, dictaminó que el dólar estaba planchado, o sea atrasado respecto de la inflación, porque últimamente había aumentado menos que los precios. Por supuesto, la relativa fortaleza de la propia moneda era una treta vil del ayer vencido y no el resultado de algún ribete de racionalidad económica que todavía se percibía, a pesar de los resultados inmediatos, aún dolorosamente malos.

Con los rasgos monopólicos que presenta la oferta en una economía cerrada como la nuestra, era obvio que los precios se habían disparado por demás. Da igual, porque por la misma causa ya señalada, aquí no hay competencia y los precios nunca bajan. La inflación sí venía bajando por lo anémico de la demanda, cruelmente sangrada a raíz de dosis heroicas, quizá ya tóxicas, de recesión.

Ello escapa un poco al análisis vulgar del argentino medio, acostumbrado a ver cómo en vez de desmontar los monopolios, se devalúa; cómo en vez de aumentar la competitividad, se devalúa; cómo cuando no se devaluó mucho últimamente, entonces también se devalúa, para "corregir". Siempre, siempre, se devalúa. Es lógico que mucha fe al peso no se le tenga...

Entonces, el lunes negro, según el irresponsable de Cristino, el mercado simplemente corrigió (demasiado de golpe, pero bueno), es decir que el dólar alcanzó por fin a los precios. La suba habría rectificado esa falta, ajena como siempre, de lo cual se congratuló, con la beata alegría de los inconscientes. La idea de que su éxito, por aparente y prematuro que fuera, inspiraba terror no era, por supuesto, más que una mera calumnia de su adversario, el siniestro amo y señor de los mercados. La idea de  que la devaluación sea un remedio para la inflación es tan delirante como sostener que la extracción sea el mejor remedio para el dolor de muelas. Eso sí, lavarse los dientes, jamás.

En el mundo real, ni los economistas más conspicuos se animan a estimar los precios de equilibrio. Alberto Fernández de Kirchner, perdido en su ignorancia y embriagado por su inesperada "victoria" en las PASO (donde en realida todos "ganan") el 11 de agosto, sentenció olímpicamente que en 60 pesos el dólar estaba bien. Mal había estado el viernes, cuando bajó a 45,  porque en el mercado se creía que "ganaba" Macri. Lo que realmente le cayó mal al mercado fue el 47% que sacaron los siameses Fernández, pero él jamás lo sabrá: los emperadores de opereta se mueren de pulmonía antes de reconocer lo desnudos que están.

Menos mal que las elecciones son en octubre... ¡Dios es argentino! De ello no cabe duda: ¿se lo imaginan dándole a los ingleses una segunda oportunidad de votar sobre el Brexit? No, ellos se embroman de una vez y para siempre. Nosotros nos damos el lujo de tropezar dos veces con la misma piedra, y a veces tres, como con Perón. Los resultados, claro, en vez de ser desastrosos son trágicos.

Si hubiera sido acertado el análisis del muy zopenco vocero, el aumento del dólar NO SE DEBÍA TRASLADAR A LOS PRECIOS, porque si los precios subieran, seguirían adelante del dólar, que entonces seguiría atrasado. Tendría entonces que volver a aumentar y, si ese segundo aumento se volviera a trasladar a precios, debiera volver a subir el dólar y así ad infinitum. Se llama la ESPIRAL INFLACIONARIA y es una enfermedad terminal. Bueno, fue exactamente lo que sucedió el lunes 12...

Ahora, la economía del lunes 12 de agosto va a durar cuatro años. De repente, nadie vendía nada porque no había precios, nadie quería pagar, ni cobrar, por temor a perder en un día su capital de trabajo. El Banco Central de la República Argentina ofreció el 74% y logró renovar SOLAMENTE EL 10% DE LOS VENCIMIENTOS. La Bolsa cayó el 48%, segunda baja récord en la historia del mundo (la única más fuerte fue en Sri Lanka o por allí, según creo recordar), que a poco superaríamos. El dólar subió "solamente" el 30%, justo a los 60 del botarate: si llevaba un atraso del 20 -25%, fue lo que menos subió ese día.

La segunda declaración del bocón fue que no iba a pagar los intereses de las LELIQ. Otra oleada de desastres en el mercado.

Como sacar el 47% envalentona al más burro y el autor de la diarrea nunca se huele, el hombre siguió haciendo frases. Si se le sospechara la capacidad de alcanzar el maquiavelismo, se podría pensar que buscaba desestabilizar a Macri endosándole el costo de las barrabasadas que profería constantemente en materia económica y del tendal que dejaban. En todo caso, sus corifeos mediáticos entonaban a una que el Presidente Macri que era "el responsable" de todo, hasta de su propia derrota circunstancial y del pánico bien fundado que los bifrontes Fernández inspiran a propios y extraños.

En un rapto de inspiración, el Cristino Tonante anunció poco después que en la Argentina de dentro de dos años no iba a haber dólares ni para empezar a pagar la deuda. Su realismo en cuanto a los resultados de su propia política productiva y exportadora es por cierto notable. Puesto que la premisa era que iba estar gobernando él, su vaticinio resultó creíble.

Fiel a su estilo, el lenguaraz propuso un remedio infinitamente peor que la enfermedad: un diosecillo no menor de su Olimpo de los energúmenos, el enérgico y sentencioso Nielsen. En Wall Street, tenía bien ganado el apodo de Susvin (derivación espúrea del Himno a la Bandera atribuída al mítico Jaimito) vistas sus hazañas de 2005, facilitadas por el default más grande de la historia. Su misión, como entonces, iba ser reestructurar la deuda con los tenedores de bonos, pero "uno por uno".

No sorprende que dicha perspectiva no haya tentado a los tales tenedores, que no quisieron quedarse a esperar la visita. Todos a una volaron a vender, produciendo una baja de un veintipico por ciento adicional a la debacle anterior y mandando el riesgo país a la estratósfera misma. Generar tal hecatombe, él solito, en una semana, es una hazaña. Se supone que es imposible hundir a la Argentina, pero si alguien puede aventar dicho mito es el dúo pardepe gobernando durante cuatro años.

Quizás el aprendiz de brujo hubiera seguido toreando entre las porcelanas si no rigiera aún nuestros destinos el aparente "vencido", el hipercriticado Mauricio Macri. Parecía marchar a los tumbos, cargando la inevitable cruz de sus errores, rumbo al Gólgota de octubre, entre los escupitajos de los necios. El Señor los perdona ¡a veces! porque no saben lo que hacen...

De repente, el Gato se hizo Tigre y rugió entre nosotros un sonoro ¡BASTA! Le revoleó la cruz por las patas al audaz payaso, cambió de timonel y largó el ancla en el tendedero verde y firme de las cuantiosas reservas que supo conseguir. Ahí se le plantó.

El testaferro plañía porque le "cuidaran" las reservas. Todavía agazapada en la oscuridad, la siniestra arpía arrugaba y estiraba sus tres cuartas de cogote; inflaba sus cachetes más allá de lo verosímil, entornando las dos rayitas que el bisturí le dejó a guisa de ojos. Era la única que no veía su propia decrepitud y se relamía gozosa con solo fantasear que pronto podría clavar, al proverbial graznido de ¡ÉXTASIS!, sus garras ávidas de urraca hambreada en los montones de verdes crujientes. Fiel al principio de reinvertir en el negocio, algunas bolsas tuvo que vaciar la doña, con pena desgarradora, para cruzar el senatorial desierto, mantener movilizadas a las bases y para afrontar las embestidas judiciales, todo con éxito sin igual. ¡Bien empleadas estuvieron! Soñaba que pronto podría rellenar esas bolsas y cientos más.

Algo, sin embargo, empezaba a inquietarla: hasta su escondrijo rebotaban los ecos de los rugidos con los cuales el gato atigrado desarticulada el endeble mecanismo de su autómata: "¡Basta de declaraciones irresponsables, bigotín a pila! Si seguís paveando, venderé hasta el último dólar para evitar que tus sandeces generen devaluaciones que se vayan a precios y pulvericen el consumo, por demás magro, al que nos hemos reducido para llegar antes a nuestro futuro. Si no hay más remedio, prefiero repartir un poco de flan entre los restos humeantes de mis sueños que ver a tu caterva saquear a mansalva desde el primer día lo que hoy es la esperanza de todos. Nada les debo, más que la cárcel: no tengo por qué dejarles con el tanque lleno el auto que me dejaron encajado,  sin una gota de combustible y encima a la miseria."

Mientras que, alicaída, se esponjaba las plumas, un ligero temblor deformaba aún más el cogote retorcido de la urraca. Vieja y cansada, por primera vez en su vida no se animó al proscenio. Puso por delante a un monigote que encontró en el desván, remendado de apuro. Ya una vez le falló fiero: reventó por todas las costuras y anduvo un rato largo como juguete rabioso salpicando en público todo ese asqueroso fluido, insoportablemente fétido y marrón, que seguía acumulando dentro de su cobertura falsamente sedosa. La tela ajada se abría a cada rato y una catarata violenta y maloliente ofendía al público de las primeras filas.

Mucho no podían durar, ni Esha ni su golem, en la cuerda floja que se habían lanzado a recorrer. Hasta ahora, sin embargo, el íncubo había cumplido su función de autómata con suficiente disimulo. El público creía, o fingía creer, que el personaje era él. El títere obedecía a los hilos, o fingía obedecer. La Gran Impresentable, gracias al títere y a otra marioneta que se agenció, creía que ganaba... o fingía creer.

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