Hola, ¡qué lindo es votar! Votar es decidir. Eso sí, elegir entre posibilidades reales, no entre la realidad y el delirio.
Cuando alguien propone el delirio, engaña. Cuando alguien lo vota, se equivoca y a la larga se embroma.
En un país normal, no se puede votar entre la abundancia y la escasez, entre el hambre y la saciedad, entre la enfermedad y la salud, entre trabajar y que te mantengan, entre pagar las deudas y no pagarlas, entre competir y que te protejan, entre las alpargatas y los libros, entre que los precios bajen por competencia o por decreto, entre pagar impuestos o no pagarlos, entre que las tarifas suban o bajen, entre que los salarios suban porque aumenta la productividad y hay demanda de trabajadores o porque el gobierno lo manda, etc...
En la Argentina, país de Jauja, no solamente se puede votar por todo eso, sino que hace años se viene haciendo. Claro, en general gana las elecciones el delirio populista de un paraíso social cuyo único defecto es ser imposible. No solamente gana, sino que en apariencia, por un tiempo, parece suceder. No solamente se vota, también se gobierna en pos del bienestar general sin esfuerzo propio, empezando por casa, como bien lo entiende el gobernante. La sorpresa desagradable es que después de cada fiesta se amanece con cada vez más miseria, ignorancia y furia.
¡Qué macana! dice el pobre loco y parte a la caza de culpables, cuanto más afuera, mejor. Desde el imperialismo, el capital internacional, los buitres de la usura (que sólo picotean a quienes ya están muertos), pasando por la oligarquía agroexportadora, la industria prebendaria, el comercio desleal, la patria contratista, las dinastías de gobernantes corruptos, hasta llegar a la humilde, silenciosa y creciente muchedumbre de ñoquis, a los planeros rollizos y vociferantes que cortan las calles para pedir más porque necesitan, enfureciendo a quienes tratan de hacer más, porque pueden, etc., etc.
En fin, se identifica a una serie interminable de malvados más o menos reales que se cree causan nuestros males, cuando no hacen más (ni menos) que aprovecharlos. Ni se nos pasa por la cabeza (o su sucedáneo) que algo hemos de estar haciendo (o no haciendo) para que con nosotros les vaya tan bien a toda laya de sinvergüenzas. Está lleno de otros países más pobres, más chicos, incluso menos instruídos y por cierto infinitamente más estúpidos (ya que se niegan a vivir de juerga a costa de otros, como hemos resuelto es nuestro derecho) a los cuales todos esos conspiradores los molestan mucho menos y no logran impedirles mejorar sus tristes destinos, progresar y superarnos ampliamente, atrevimiento imperdonable, si los hay.
¿Qué nos diferencia? Pues que ellos están inoculados de realismo contra la infección del populismo y nosotros no.
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