martes, 27 de agosto de 2019

LOS AUMENTOS DE SUELDO NO EXISTEN

Los salarios reales pueden aumentar cuando aumenta la inversión por trabajador y con ella la productividad, en un contexto de expansión que además incremente la demanda de mano de obra.

La apertura comercial obliga a cambiar empleo protegido que produce todo tipo de bienes no competitivos solo para el mercado interno por empleo productivo especializado en producir los bienes que resultan competitivos no sólo en el mercado interno, sino en el mundo entero. Como la mayor productividad es lo ÚNICO que permite aumentar el salario REAL, el comercio libre produce mejoras cualitativas y no solamente cuantitativas.

Los aumentos de salarios por decreto no existen: son la zanahoria atada a un palo que se le agita delante a burro para hacerlo seguir caminando, sin que jamás la pueda alcanzar.  Los empleadores aumentan los precios de sus productos en cuanto sale la noticia, precisamente para poder pagar los aumentos a fin de mes. No hay tiempo para aumentar la escala de la producción, ni para invertir en más y mejores máquinas, ni para aumentar la productividad de manera alguna.

En cambio, el sueldo con aumento se cobra recién a fin de mes. Para cuando el trabajador va a consumir, ya los precios han aumentado más que su sueldo. Con el aumento salarial, el poder adquisitivo de los trabajadores ha bajado en vez de subir. "Los sueldos suben por la escalera, los precios suben en ascensor" decía el General, que lo olvidó enseguida. No sorprende que sus seguidores también lo hayan olvidado. Además, los últimos aumentos son en dólares, lo cual pulveriza la competitividad. El negocio de los asalariados no es que les paguen mucha plata, sino que la poca plata que les pagan VALGA ALGO.

La emisión monetaria, como el proteccionismo, se parece a una droga: puede ser que con cuidado, se pueda administrar una dosis terapéutica, cuando hay recesión y además capacidad ociosa que la demanda puede activar. Más de la medida exacta, es una dosis tóxica, con el efecto colateral de la inflación. Un poco más ya es una dosis letal y salta todo por el aire, destruyendo la ficción monetaria por muy largo tiempo.

Igual que con las demás drogas, los efecto favorables se sienten enseguida; los desfavorables se sienten a larga. Con la abstinencia sucede al revés: los peores efectos se sienten enseguida, mientras que las ventajas aparecen después.

En la Argentina pasó eso, se había perdido toda fe en la moneda, por lo cual tuvimos estanflación, que es como un coma terminal: la emisión se iba toda a precios, sin estimular la economía. Eso porque ya no hay capacidad ociosa y si la hay falta confianza para invertir en aumentar la producción y con ella la oferta. El cuerpo enfermo ya no responde al tratamiento. Los aumentos salariales en recesión producen desempleo, directamente. Bajar la inflación duele, y mucho.

Un agravante es la fe ciega en el dólar, que alguna inflación tiene y en realidad da tasas negativas. Por ello es un activo tóxico, pero no nos damos cuenta. Ello implica dependencia, señoriaje y la importación de inflación ajena. La opción es la tasa de interés, que la demanda estatal mantiene alta, fuera del alcance de la producción. Ello estimula el arbitraje contra el dólar (carry trade), que tarde o temprano se estrella contra una pared devaluatoria. El crecimiento requiere tasa baja para producir y dólar alto para exportar. Hoy, con tal de bajar la inflación, se produce lo contrario. Cirugía mayor sin anestesia... mientras el paciente aguante.

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